Jorge Barraca Mairal
Universidad Camilo José Cela

La facultad para controlar nuestra mente y dirigirla de forma voluntaria hacia aquellas tareas y contenidos que deseamos en cada momento es, probablemente, un anhelo tan antiguo como el mismo ser humano. No obstante, gozar de esta destreza parece algo muy alejado de la cotidianidad. El terapeuta desearía recordar el nombre del paciente que tiene delante; el alumno, la respuesta a la pregunta del examen que poco antes había estudiado; la persona que necesita comprar una medicina, la calle donde está la farmacia de guardia y que retenía en la mente hasta hace solo unos minutos.

Por el contrario, la mujer de un marido infiel, desearía no recordar más ese engaño que ella le perdonó hace ya tiempo; el empleado, el comentario desagradable de su jefe; el conductor, el accidente que le obligó a guardar reposo durante meses. Desembarazarse de un recuerdo desagradable, que vuelve una y otra vez, no parece nada sencillo, como tampoco lo es concentrarse sin distraerse en una tarea o recordar algo importante justo cuando se desea. Esta asimetría en el control mental es un motivo común de malestar y la motivación que conduce a muchas personas a las consultas psicológicas.

Durante décadas los psicólogos clínicos han desarrollado procedimientos con el objetivo de extinguir, disminuir y/o cambiar los pensamientos intrusos. Varios de estos métodos forman parte del arsenal terapéutico más identificado con la terapia cognitivo-conductual (por ejemplo, la parada de pensamiento, la distracción o la reestructuración cognitiva). Sin embargo, hoy en día estas técnicas han sido cuestionadas tanto desde la investigación básica como desde el campo clínico aplicado. Como alternativa, las nuevas corrientes de la terapia de conducta proponen recurrir a los métodos de aceptación y mindfulness ante la aparición de este tipo de pensamientos.