Jaume Masip es profesor del Departamento de Psicología Social y Antropología de la Universidad de Salamanca. Desde 1996 está llevando a cabo investigaciones sobre la detección del engaño, temática sobre la que versó su Tesis Doctoral. Ha colaborado con eminentes investigadores europeos y norteamericanos, y ha publicado diversos trabajos de investigación sobre este tema en importantes revistas del ámbito internacional.

 

El último número de la revista Papeles del Psicólogo recoge una de sus recientes investigaciones sobre el tema. Masip ha escrito para Infocop On-Line este artículo donde presenta algunos de los aspectos y conclusiones más relevantes de esta investigación.

 Jaume Masip

Universidad de Salamanca

No son extraños los casos en los que el profesional de la Psicología tiene que vérselas con el engaño. Ya en las primeras páginas de su popular libro "Telling lies", Paul Ekman narra el caso de Mary, una paciente depresiva que logró engañar al personal hospitalario simulando sentirse feliz, sólo para conseguir un permiso de fin de semana que le permitiera alejarse del rígido control institucional con el fin de suicidarse. También para los psicólogos que trabajan en el ámbito jurídico es obvia la relevancia de la mentira y su detección. En estos y otros contextos aplicados el profesional de la Psicología deberá, pues, enfrentarse directamente con el engaño.

Pero la relevancia profesional del tema no acaba aquí. El acto de mentir implica la manipulación consciente de información sobre los propios conocimientos, pensamientos o sentimientos, que se efectúa mediante la conducta verbal o no-verbal en el curso de un acto comunicativo, y que tiene por objeto manipular las creencias de otra persona con el fin de alcanzar algún beneficio. Están implicados, pues, la volición, la información, los conocimientos, los pensamientos, las emociones, las conductas, el lenguaje, la comunicación, la interacción, las creencias, las metas y el refuerzo. Todos estos son aspectos centrales de la ciencia psicológica. En consecuencia, el engaño y, por extensión, su detección, es un tema clave de la Psicología. Por esta razón, el profesional de nuestra disciplina puede ser consultado en busca de orientación y conocimientos sobre el tema. A tales consultas debe responder según la ciencia psicológica, por lo que su conocimiento ha de ser preciso.

Para ello conviene que, en publicaciones como ésta, que tiene gran difusión entre los profesionales de la Psicología, se desmantelen las creencias populares erróneas existentes en torno al engaño y su detección. Afortunadamente, y dada la innegable relevancia que, como se acaba de señalar, el tema tiene para la Psicología, los psicólogos académicos llevan ya varias décadas estudiándolo en profundidad. Durante los últimos años se han publicado una serie de estudios meta-analíticos relevantes. En un estudio de este tipo se analizan conjuntamente, de forma cuantitativa, una larga serie de experimentos individuales sobre un tema dado (en el caso que nos ocupa, sobre la detección del engaño) con el fin de extraer conclusiones generales. Sobre la base de esos meta-análisis podemos hoy conocer, tal como reza el título, algunas verdades sobre la detección de la mentira.  

En primer lugar, y pese a la creencia popular de que "es más fácil pillar a un mentiroso que a un cojo", la investigación muestra que el nivel de aciertos de nuestros juicios sobre la veracidad de las demás personas al observar su conducta es similar al que obtendríamos al echar una moneda al aire. En un meta-análisis que será publicado en breve, Charles Bond, profesor de la Texas Christian University, y Bella DePaulo, profesora de la Universidad de California en Santa Bárbara, han hallado un nivel global de aciertos del 53.4%. Si tenemos en cuenta que el porcentaje de aciertos esperado por azar (por ej., echando una moneda al aire) sería del 50% y que el correspondiente a la ejecución perfecta sería del 100%, advertimos que nuestra capacidad para diferenciar entre verdades y mentiras al observar la conducta de los demás es extremadamente limitada. Michael Aamodt y Heather Mitchell, de la Universidad de Radford, han obtenido resultados similares en otro meta-análisis. En concreto, estos autores informan de un nivel de aciertos del 54.5%. Resulta además curioso que, según muestran estos trabajos, los profesionales familiarizados con el engaño (por ej., policías, jueces, psiquiatras, etc.) no acierten más que las otras personas. Y no es sólo la profesión la que no tiene ningún efecto sustancial sobre los resultados. De hecho, si bien es cierto que hay unas pocas variables (preparación, conocimiento previo del comunicador, etc.) que tienen una influencia estadísticamente significativa sobre los resultados, también lo es que dicha influencia es realmente muy reducida en términos absolutos, ya que sólo en raras ocasiones eleva los niveles de acierto por encima del 60%.

La investigación también muestra que las personas identificamos con mayor facilidad las verdades que las mentiras, ya que tendemos a considerar que los demás son sinceros. Existe no obstante una excepción: aquellos profesionales para quienes la detección de la mentira es relevante no muestran este sesgo. De hecho, sobre la base de los resultados empíricos, Christian Meissner (actualmente en la Universidad de Texas en El Paso) y Saul M. Kassin (Williams College, Massachusetts) han llegado incluso a afirmar que, en realidad, tales profesionales presentan un sesgo opuesto que les lleva a considerar que las declaraciones son falsas.

No sólo somos pobres detectores de mentiras, sino que además no tenemos conciencia de ello. En el meta-análisis antes citado de Aamodt y Mitchell, así como en otro anterior, publicado por DePaulo y sus colaboradores en 1997, se ha examinado la relación entre la confianza de los observadores en que sus juicios son correctos y el nivel de aciertos. En ambos trabajos dicha relación ha sido prácticamente nula. De hecho, lo que tendemos a hacer es sobreestimar lo bien que hacemos nuestros juicios de credibilidad, según mostraron DePaulo y sus colaboradores al comparar las puntuaciones de confianza con los aciertos.

Todos estos resultados, si bien descorazonadores, no deberían sorprender. Y es que, pese a que existen claros estereotipos compartidos por todos sobre la conducta típica del mentiroso, estos son a menudo erróneos. Esto también sucede con los estereotipos que presentan profesionales tales como policías, jueces, o similares, los cuales se solapan en gran medida con los del ciudadano medio. Obviamente, si nuestras creencias sobre los indicadores del engaño son erróneas, entonces nuestros juicios de credibilidad no pueden sino ser también erróneos.

En realidad, la investigación reciente muestra que apenas existen indicadores conductuales del engaño. De nuevo son DePaulo y sus colegas quienes, en 2003, publican un amplísimo meta-análisis sobre las claves reales de la mentira. De 158 posibles claves conductuales examinadas por la investigación, sólo 41 (26%) permitieron diferenciar significativamente entre comunicaciones verdaderas y falsas. Si excluimos aquellas claves para las cuales los cálculos no ofrecían garantías (muestras pequeñas o imposibilidad de calcular con exactitud la magnitud del efecto), restan sólo 24 indicadores (15% de los 158 examinados). En definitiva, hay muy pocas diferencias entre la conducta de las personas cuando mienten y cuando dicen la verdad. Además, como también mostró el meta-análisis de DePaulo y sus colaboradores de 2003, hay indicadores conductuales cuyo significado puede cambiar según las circunstancias, hay conductas que discriminan entre verdades y mentiras en unas situaciones pero no en otras, y hay claves que no discriminan en términos generales pero que sí lo hacen en circunstancias muy específicas, y viceversa.

Todo esto hace difícil que se pueda entrenar a las personas a detectar la mentira sobre la base del comportamiento no-verbal. La mayoría de programas de entrenamiento han consistido en enseñar a las personas a identificar los indicadores conductuales del engaño, pero como estos son escasos y dependen de las circunstancias, no debe extrañarnos que el incremento del nivel de aciertos debido al entrenamiento sea muy pequeño. En un meta-análisis sobre la efectividad de los programas de entrenamiento publicado en 2003, Mark Frank (Cornell University) y Thomas Feeley (State University of New York at Buffalo) informaron de un nivel promedio de aciertos del 54% en los grupos no-entrenados, lo cual coincide con las cifras globales ofrecidas anteriormente. Pero en los grupos entrenados los aciertos se habían incrementado sólo hasta el 58%. En realidad, lo que parece producir el entrenamiento no es un incremento en la capacidad para diferenciar entre comunicaciones verdaderas y falsas, sino un aumento de la tendencia a juzgar que las comunicaciones son falsas.

Los datos anteriores chocan frontalmente con una serie de creencias populares. Por ejemplo, se cree que detectar la mentira es fácil, que hay conductas que permiten diferenciar claramente entre comunicaciones verdaderas y falsas en cualquier circunstancia, etc. En ocasiones, tales creencias se difunden a través de libros "de autoayuda". A menudo estos libros, que son muy populares entre el público general, se comercializan disfrazados de obras rigurosas, pero en realidad la mayoría de ellos posee un escaso valor científico. Es importante desterrar las falsas creencias sobre la mentira y su detección, pues hay ámbitos –como el jurídico, el clínico, el laboral y hasta el interpersonal– en los que las consecuencias de un juicio erróneo de la credibilidad pueden ser devastadoras (por ej., condenar a un inocente, permitir que un paciente se ponga bajo riesgo, etc.). Muchos profesionales de la Psicología, conscientes de la importancia profesional de la mentira y su detección, buscan información, exponiéndose en ocasiones a tales libros. En otros casos dichos profesionales van más allá y asisten a cursillos o seminarios; pero, sorprendentemente, muy a menudo estos son impartidos por personas ajenas a los campos de la Psicología o de la comunicación, careciendo, por lo tanto, de la formación necesaria para impartir esos contenidos. Es imposible remediar plenamente el estado de la cuestión en un breve trabajo como éste, pero en él se resumen escuetamente los resultados de la más rigurosa investigación científica en Psicología y comunicación interpersonal. Es la esperanza de quien esto escribe contribuir a la formación de los profesionales de la Psicología, así como a desterrar falsos mitos cuyas consecuencias pueden ser muy negativas.

Se ofrece también, con idénticos fines y ya para terminar, una breve relación de trabajos a la cual el lector interesado puede acudir en busca de más información.

Lecturas Recomendadas

Aamodt, M. y Mitchell, H. (en prensa). Who can best catch a liar? A meta-analysis of individual differences in detecting deception. Forensic Examiner.

Bond, C. F., Jr. y DePaulo, B. M. (en prensa). Accuracy of deception judgments. Personality and Social Psychology Review.

DePaulo, B. M., Charlton, K., Cooper, H., Lindsay, J. J. y Muhlenbruck, L. (1997). The accuracy-confidence correlation in the detection of deception. Personality and Social Psychology Review, 1, 346-357.

Granhag, P.-A. y Strömwall, L. A. (Eds.), (2004). The detection of deception in forensic contexts. Cambridge, Reino Unido: Cambridge University Press.

Masip, J. (2005). ¿Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo? Sabiduría popular frente a conocimiento científico sobre la detección no-verbal del engaño. Papeles del Psicólogo, 25, 78-91.

Masip, J. y Alonso, H. (en prensa). Verdades, mentiras y su detección a partir del comportamiento no-verbal. En E. Garrido, J. Masip y C. Herrero (Eds.), Manual de Psicología jurídica. Madrid: Pearson Educación.

Vrij, A. (2000). Detecting lies and deceit. The psychology of lying and the implications for professional practice. Chichester, Reino Unido: Wiley.

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